Aunque sea un concepto aún novedoso en el ámbito corpora­tivo, el desarrollo de aplicaciones en modelo SaaS forma parte de nuestra vida cotidiana desde hace años, aunque no nos de­mos cuenta o no lo llamemos por ese nombre. Servicios tan ex­ tendidos como Outlook, Gmail, Dropbox o Skype son claros ejemplos de SaaS que usan millones de usuarios en el ámbito particular sin pararse a pensar en cómo han cambiado su re­lación con el software.

Estamos tan acostumbrados a ir a un portal, registrarnos y em­ pezar a disfrutar del servicio que casi nos hemos olvidado como era el mundo de las aplicaciones hace apenas diez años. Un mundo de despliegues, reinstalaciones y parches para conse­ guir avanzar a saltos complicados de digerir muchas veces.

Pero este cambio no se quedó ahí. Los grandes fabricantes de software corporativo modificaron su modelo de negocio y sus aplicaciones para convertirlas en SaaS. Liderados por Microsoft con Office 365 y Dynamics 365 como banderas, están siendo seguidos de cerca por SalesForce, Adobe, Oracle y SAP entre muchos otros players que se han volcado en este cambio de paradigma.

El software on-premise en servidores corporativos está en pro­ ceso de extinción, con muchas aplicaciones sólo disponibles online, mientras que las empresas están cambiando el modelo de amortización de inversiones de licencias por el pago por uso mensual de servicios en la nube. Pero no sólo es un cambio de modelo de negocio, y en ello está la clave.

Técnicamente, lo que une a todos ellos es que el programa que utilizan no se encuentra en nuestro ordenador sino en la red del proveedor de servicios, así como la infraestructura necesaria para hacerlo posible y los datos almacenados. Algunos de estos servicios son gratuitos pero la mayoría y, en concreto, en el ámbi­to corporativo en el que la complejidad y sofisticación del softwa­re es mayor, son de pago por uso.

Aunque nuestro usuario corporativo no pague por las aplicacio­nes que se desarrollan a medida para la empresa, otros benefi­cios de este modelo han calado hondo en la forma en que nos relacionamos con el software. Estamos perdiendo la noción de las versiones de las aplicaciones. Los cambios se aplican continuamente dentro de un proceso integrado de evolución y el propio usuario aprende a usar estas mejoras casi sin percibirlo o con pequeños tutoriales in-app. Y, por consiguiente, no podemos esperar meses o años a ver que las aplicaciones cambian e in­corporan nuevas mejoras y funcionalidades. Una metodología de desarrollo orientado a la integración continua en producción de cambios es imprescindible para nuestras aplicaciones.

Pero ante todo, el cambio de paradigma del aterrizaje del modelo SaaS en las aplicaciones corporativas es como se traslada la orien­ tación a servicios a nuestros entornos: deben ser dinámicos, intuitivos, fáciles de aprender y tremendamente funcionales. La integración con otras plataformas y servicios es vista como una commodity indispensable, mientras que los problemas de rendimiento, capacidad y seguridad son totalmente transparentes al usuario.

Pensar en SaaS es un reto continuo para conseguir que nuestro usuario tenga el mejor servicio y mantener su engagement con nuestras aplicaciones. Este nuevo enfoque supone una transformación radical de los equipos de desarrollo internos de las empresas, tanto en las herramientas y arquitecturas que utilizan como en las metodologías de proyectos, operaciones y servicio al cliente que utilizan. El primer paso está en analizar qué implicaciones tiene pensar nuestras aplicaciones como SaaS y empezar el proceso de transformación cuanto antes para evitar que nuestro usuario cautivo se convierta pronto en un desertor o un crítico feroz a lo que la empresa le ofrece para su trabajo y empiece a buscarse alternativas por su cuenta.